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domingo, 7 de febrero de 2016

Relato de: Javier Mendicel Fuentes, Número: 011, Episodio: Ana (cocinera).




Desayuno en el pequeño porche de la cocina, es un lugar especialmente agradable que da a una zona recogida y florida del jardín donde ahora corre una ligera brisa. Ana lo prepara todo mientras yo hago, con el portátil, mis primeros contactos del día en Internet. Si me vuelvo, a través del amplio ventanal puedo verla trajinar en la cocina, es una persona muy querida, con ella sé que no podría ser imparcial y objetivo, vivo a su lado desde que tengo uso de razón. 
Es de constitución firme y su salud es realmente envidiable, no sabe lo que es estar enferma. Su pelo largo lo recoge atrás de la nuca en un moño grande que cubre, por higiene, con un pañuelo o redecilla de tonos claros. Es de gesto serio. Sus manos son fuertes pero delicadas. La cocina además de ser su habitat natural es un feudo en el que gobierna con total independencia, ni siquiera mamá interfiere en su espacio. 
Viene con una bandeja en la que ha puesto de todo, no es nada remilgada y sabe de mi glotonería mañanera, (zumo de naranja, pan tostado con mantequilla y mermelada casera, huevos revueltos, varias magdalenas, su bizcocho de fruta y un tazón de café con leche).
Ana elige a diario nuestro menú, lo hace de forma variada y completa atendiendo las naturales expectativas que le brinda el mercado, elige la mejor verdura, el pescado más fresco, cuida mucho las materias primas pero une a ello sus excelencias como cocinera, es capaz de preparar los guisos más sencillos o los más complejos con un toque especial que los hace únicos, pero además es buena repostera y capaz de preparar las mermeladas más diversas y exquisitas.
El almuerzo se rige por un horario inflexible (lo marcó ella), comemos todos los días a las dos, salvo algún festivo y por indicación expresa de papá, con el que tiene una debilidad manifiesta, es el único que le da ordenes y ella no rechista, doblega la cerviz y cumple sus mandatos, bien es verdad que papá siempre pone un tono conciliador y amable, - Prepárame uno de esos cafés tuyos, que lleva implícito un reconocimiento. 
A veces coincido con papá en la cocina y me enternece el respeto que le muestra Ana, pienso en mis argucias y zalamerías para conseguir de ella algún que otro privilegio y como se rinde en pleitesía y cumple cualquier deseo cuando se trata del señor. Incluso mamá a veces se vale de mis habilidades para conseguir de ella algún que otro capricho. 
Puede que dé la impresión de que Ana nos tiraniza con su forma de ser disciplinada y no sería justo, porque se desvive por atendernos y darnos lo mejor de ella, pero sabe que esto sólo se consigue dentro de un orden perfectamente establecido. Como todos somos conscientes de ello lo aceptamos bien.
Su horario es ajustado (de 9 a 15 horas) pero como atiende únicamente la cocina le quedan huecos que aprovecha para prepararnos dulces, mermeladas y algún que otro delicioso postre con los que compensarnos por su rigidez.
Después de treinta años en casa aún tenemos muchas lagunas importantes de su vida, como además no falta nunca al trabajo, nadie se ve en la necesidad de llamarnos y poder saber de ellos. No es persona que se abra a confidencias profundas y aunque no se anda con secretismos tampoco se explaya en cosas privadas o personales.

Mis vivencias de niño están llenas de gestos suyos tiernos y afectuosos, recuerdo como me encantaban sus abrazos plenos, sus besos sonoros en mis mofletes, sus cachetes cariñosos, sus arrumacos y como me decía lindezas por cualquier motivo. Ya de mayor no es tan expresiva conmigo pero da por hecho siempre que soy el joven más apuesto y gentil que conoce. Sé que me quiere mucho y como soy extravertido, y disfruto haciéndola feliz, me complace decirle a menudo que la quiero cada día más.

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